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A toda la buena gente que no ha dejado de concurrir a este rincón

Mi sincero agradecimiento. Luego de dos meses de silencio me doy cuenta que el paréntesis no cierra, se que volveré en algún momento aunque hoy  me resulte necesario continuar resguardada en él.

He conocido personalmente a gente estupenda, he cosechado amigos increíbles, gente que sabe rendir culto a la fraternidad de la palabra y aprecia la serenidad en el vínculo afectivo.

Aprendí a quererles, respetarles, entenderles aún en nuestras diferencias conceptuales, siempre dentro del respeto que debe prevalecer en las relaciones humanas.

He buscado algún poema que represente mi estado de ánimo, creo haber hallado el que logra cabalmente expresarme, y aquí lo dejo, no como despedida, sino como la necesidad de seguir hacia otras avenidas que tal vez, me retornen al punto de partida.



IRSE ES COMO MORIR...


De Internet, encuentros y despedidas...

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Internet me ha regalado momentos increíbles al permitirme conocer gente hermosa por dentro y por fuera. Gente noble, generosa, capaz de brindarse sin retaceos en la maravilla de la amistad.
Desde lo virtual,  con varias de estas personas luego fortalecimos el vínculo en forma personal. Llamadas teléfonicas, encuentros café de por medio, asistencia a actos literarios, construyeron paso a paso lo que hoy es un tejido que nos abriga suavemente.

Así sucedió con Fer Giucich, Edgardo Rivera (Holograma blanco)Ali Montero, Myriam (De amores y relaciones), Nerina Thomas, Marina Landau (¡falta poquito para el abrazo!) y Eduardo Cortese. Y no puedo dejar de mencionar en este listado a Mónica, con quien me siento prodigiosamente unida, vaya a saber desde qué vida anterior.


Fue asi, como el sábado 12 de noviembre, festejamos con alborozo el encontrarnos parra certificar, una vez más,  que el camino en compañía es el que nos ayuda a crecer en la aventura de crear.

El acto de presentación del lib…

Continuación de la entrada anterior...(nostálgicos abstenerse)

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Especialmente para Pato y Susana...


Leo Dan es considerado uno de los cantautores más importantes de Latino América. Su música ha conquistado el corazón de todos los países de habla hispana.

Leopoldo Dante Tevez, mejor conocido como Leo Dan, nació un 22 de Marzo en Atamisqui, un pueblito en la provincia de Santiago del Estero, Argentina.

Hijo de una familia humilde, Leo se vincula con la música por iniciativa propia. A los 4 años de edad aprende a tocar la armónica y la flauta, sus primeros instrumentos. A los 11 años aprende guitarra, y comienza a componer sus primeras canciones.

A los 18 años forma un grupo de rock "Los demonios del ritmo" junto con amigos de su edad.

A los 20 años Leo Dan viaja a Buenos Aires con el deseo de triunfar y se presenta en CBS (Sony discos en la actualidad), donde inmediatamente firma su primer contrato discográfico. Su primer gran éxito "Celia ", llega a los primeros lugares en los rankings de popularidad a la semana de haber salido …

La canción memorable

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El sol apretaba, como suele ocurrir en  mañanas de enero en Buenos Aires. Por eso Diana se apresura en hacer sus diligencias, cosa de volver a su apartamento a eso de las 11 de la mañana, a más tardar.
Ese lunes no fue la excepción.  Las manos sosteniendo los costales con suministros acabados de adquirir en el supermercado, se disponía a emprender la vuelta cuando recordó que aún le faltaba retirar sus nuevas gafas de la óptica, distante solo a dos calles de donde se encontraba.
-Prefiero hacerlo hoy y no esta tarde –se dijo- por lo que volvió sobre sus pasos, cruzó la acera y, un tanto agobiada por el calor y el peso de las provisiones, enfiló decidida hacia la oftálmica.
El silbido, cadencioso y reconocible, provocó un tumulto en su corazón. ¿Quién recordaría aquella vieja canción de un baladista argentino de los años 60,  hoy destinado al olvido? No pertenecía a la trova popular, esa que la memoria colectiva o el estallido de la moda recrea a intervalos más o menos regulares. Hacía añ…

Marcia

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Marcia tiene violetas en los ojos. Y el corazón (de tan vacío), convertido en cáscara frágil y permeable. Allí expone las lágrimas perdidas cuando daba de beber a pájaros sedientos.
Marcia acuna palabras  en hojas de cuaderno. Y se oculta en las ramas de aquel naranjo del patio de juegos de su infancia. El mismo que hace rato dejó de florecer.
Dispone aguaceros cuando la luna asoma, para saltar en los charquitos, disfrazada de pálida torcaza.
Cree volverse invisible, confundida en una nube azul o dispersa en el aire  como pluma robada de algún nido.
Marcia arropa unos sueños, los que todavía no sucumbieron en incendios. Así pasan sus horas. Mientras, esculpe caracolas en el estero agreste de sus días.       
Catalina Zentner Diciembre de 2010 Direchos Reservados

La imagen fue extraída de Aquí

Copa de frutos rojos

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Incitante provoca  como labio sediento entre canto y dislate sobre luna playera copa mi copa virgen de carmesí vestida libro de augurios plenos pasadizo escondido.
Dame cardos y olivos préstame dos candiles bórdame un pasacalle de frutos recubierto y enciérrame el instante de frutal abandono cebándome de olvidos la piel desheredada.
Copa de rojos frutos devuélveme utopías instáurame cerrojos ponme azules banderas allí donde nutrientes de pubis y palomas amparan  quijotesco fárrago de mis días.
¡Ay de los frutos rojos que mi boca disuelve de la copa la copa que me sacia y embrolla en turbión y espejismo en pimiento y adelfas!
Copa de frutos rojos cantera originaria péndulo enamorado del pabilo y la llama.
Catalina Zentner Febrero de 2011 Derechos reservados

24 meses, 730 días

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No hace falta que cuente las horas los minutos ni tampoco los huecos del alma abandonada. Enlutados arpegios quiebran monotonías de esperar lo inasible. ¿Chopin o Liszt? No importa.
Sin rayo  que ilumine mis jardines desnudos ni pájaros al borde de fuentes ilusorias invoco a los espíritus de la rosa y su espina vientos desapacibles. Soy estatua de piedra.


Mi boca ríe mis manos se agitan bordadoras de tapices que ocultan aristas y desgarros mi voz se entrena en cantos de enigmas-paradigmas en los que me cobijo cuando todo descree.
Son 24 meses con sus días sus noches sus naufragios sus péndulos sus horas y minutos.
Apagadas las llamas de lámparas de fuego perdidos los azules donde la nada aguarda vallado de crepúsculos remezón y silencio.

 19 de febrero, 24 meses sin vos. Y tu recuerdo, siempre.

Saldo en rojo y unos días ausente

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Queridos amigos, estaré de regreso el 15 de febrero y a partir de entonces me pondré al día con visitas y comentarios.

Les dejo un poema que surgió de la melancolía propia de esta época.

Los quiero y agradezco vuestra presencia amiga.





Muchas cosas nos quedaron pendientes:
visitar Japón en primavera,
enumerar las cuentas de rocío,
acelerar aromas en los bosques.

Hubiésemos danzado con el viento
empapados de azul en Anatolia.
Ciclámenes bordáramos en Grecia
en manteles de cielo amanecido.

No hace falta decirte que una máscara
de palidez cerúlea es el castigo
por los días perdidos y el deshielo
de lúdicos instantes transitorios.

Un año más se cierne de tu ausencia
ayuno y contrición no dan reparo
a la absuelta mirada que persigo
entre brote de lágrima y derrota.

Países descolgados de entelequias,
islas de florecidos espineles,
inéditos sabores y perfumes,
marismas recostadas en orillas.

(Irresueltos enigmas que perduran
embarcados en luna distraída.)

Desvarío

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La puerta

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Calle

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El colmenar despierta y las abejas
esparcen sus alas en vigilia
sobre pálidas flores pisoteadas
dulce amargor
espejo y desmemoria.

Perfiles y siluetas sigilosas
gris sobre gris
inmóvil geometría
absurdas e impecables en sus celdas
con huecos y barrotes
sombras vagas.

Los dedos del asfalto desperezan
lagartijas ruidosas y mecánicas.
El polvo se hace trompo en una esquina
ovillando colillas y papeles.

Los olores se mezclan con los gritos:
¡Diarios! ¡Se lustra! ¡Déme una moneda!
El humo negro brota amargo y denso
de las fauces de lagartos rugientes.

En la calle sudores y pisadas
con vidrieras obscenas tentadoras
un tango en el café de cierta esquina
y un borracho soñando en un portal.

(*) ¡Se lustra! Se refiere a los lustrabotas, casi desaparecidos en Buenos Aires aunque todavía subsisten en el interior del país, iban por calles céntricas con sus cajones conteniendo trapos, betún y cepillos, para dejar impecables botas y calzados a cambio de unas monedas.

Sobre un poema de Rosario Castellanos

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