jueves, 27 de enero de 2011

Desvarío


Trípode que sostiene paradigmas
procesión de libélula en receso
alambique ejerciendo la mixtura
de sabores ambiguos.

El arquero
abandona la estéril cacería
recostado en su luz salva de nubes
camposanto impregnado de llovizna.

Un toque de clarines y mañana
arrebato de alas en la alcoba.
¡Ay de la borrachera que adormece
desnudez de  navíos entre  sábanas!

Zumban abejas
pura miel rebosa
el cáliz de mi luna abandonada
cuando un vaho de niebla me conmina
lumbre de redención desde el naufragio.

sábado, 22 de enero de 2011

La puerta

LA PUERTA

La puerta, aunque descolorida y agrietada,  permanece casi igual a cuando nos mudamos a la casa. ¡Es como si siempre hubiese sido vieja, si bien entonces no lo notábamos o no nos importaba!

En el jardín de nuestro fondo, ella separaba (¿o unía)  al patio trasero de la morada del vecino, que al fin y al cabo era el tío Antonio. Había sido su decisión,  conjunta con la de papá, adquirir dos viviendas contiguas, a fin de que los primos nos criásemos como hermanos, vieja costumbre familiar hoy pasada de moda.

De modo que la puerta se convirtió, con el correr del tiempo, en  mágico portal que nos conducía a dichosos espacios de libertad, con  límites impuestos solo por nuestra imaginación, entonces desbordante.

Y así, el viejo Palo Borracho mutaba en sombrilla protectora en siestas veraniegas. Bajo él, las niñas amasábamos con barro los potajes destinados a las diminutas ollas de aluminio para luego  servirlos en vajilla de loza pintada, entre risas y secreteos.

Se sumaban los varones, luego de una picada futbolera, o tras una contienda de canicas. Había una, no recuerdo su nombre, la más deseada, de cristal veteado,  ciertas veces causante de distanciamientos que se esfumaban cuando Ramona, la criada, nos convocaba para beber el espeso chocolate (frío o caliente, según la estación) con deliciosos bollos rellenos de dulce de leche. La convocatoria gastronómica de entonces, con sabores y aromas irrepetibles, era el lazo que ajustaba sin oprimir el sagrado cordón de los afectos.

La cita era en nuestro patio de tierra. Mi hermano y yo, por un lado, mis primos Dalmacio, Lucy, Néstor y Alicia, de parte de tío Antonio, y Luisito, Diana y César, los vecinos cuyo terreno colindaba con el nuestro , quienes solamente tenían que saltar un arcaico muro petiso para unírsenos. 

Integrábamos los diez niños la pequeña cofradía que bendecía una y otra vez el milagro de la puerta, siempre desprovista de llaves, al igual que nuestras ilusiones y promesas de jamás dejar de amarnos con esa forma de amor que solamente pueden profesarse quienes habitan el país de la inocencia.

No voy a hacer el racconto de lo que fue posteriormente de nuestras vidas. Sabemos que de los sueños infantiles solo se recuperan los recuerdos. Y eso debería bastarnos.

Hace un poco de frío. Los camiones de  mudanza ya se han completado su carga. La de nuestra casa, pues  la del tío Antonio hace rato que se ha quedado envuelta en brumas silenciosas.
La prima Alicia me había llamado desde Washington hace un par de años, pidiéndome que me ocupara de vaciarla. Lo hice, de modo que cuando me tocó repetirlo con la nuestra, ya tenía cierto entrenamiento. Es que mi hermano Luis no podía desatender su bufete en Buenos Aires, por lo que me designó su apoderada, al igual que mis primos. 

¡He sido la única que permaneció en el pueblo, cuidando de abuelos padres y tíos,  atada a evocaciones, “triste, solitaria y final” como aquella novela de Galeano, la primera lectura “seria” de mis años mozos, junto a “Las fuerzas morales” de José Ingenieros y algunos títulos que marcaron esta que soy aquí y ahora!

Acaricio a la puerta una vez más con la mirada, antes de marcharme por una callecita “bordeada de trébol y juncos en flor”, hacia el país de no-me-acuerdo, buscando el reino del revés que se me perdió en los bolsillos de gigantes guardianes de jardines, nacidos de la pluma de Oscar Wilde. 

Sin mirar hacia atrás, a paso lento y un tanto vacilante.

lunes, 17 de enero de 2011

Calle


El colmenar despierta y las abejas
esparcen sus alas en vigilia
sobre pálidas flores pisoteadas
dulce amargor
espejo y desmemoria.

Perfiles y siluetas sigilosas
gris sobre gris
inmóvil geometría
absurdas e impecables en sus celdas
con huecos y barrotes
sombras vagas.

Los dedos del asfalto desperezan
lagartijas ruidosas y mecánicas.
El polvo se hace trompo en una esquina
ovillando colillas y papeles.

Los olores se mezclan con los gritos:
¡Diarios! ¡Se lustra! ¡Déme una moneda!
El humo negro brota amargo y denso
de las fauces de lagartos rugientes.

En la calle sudores y pisadas
con vidrieras obscenas tentadoras
un tango en el café de cierta esquina
y un borracho soñando en un portal.

(*) ¡Se lustra! Se refiere a los lustrabotas, casi desaparecidos en Buenos Aires aunque todavía subsisten en el interior del país, iban por calles céntricas con sus cajones conteniendo trapos, betún y cepillos, para dejar impecables botas y calzados a cambio de unas monedas.

domingo, 9 de enero de 2011

Sobre un poema de Rosario Castellanos


Ser de río sin peces, esto he sido.
Y revestida voy de espuma y hielo.

Rosario Castellanos

Una torre de espuma me cobija
entre el desmadejado soliloquio
de saberme en  orillas turbadoras.

Trazo de hielo escribe la derrota
del clavel ultrajado.

Va conmigo la quietud del rocío
estalactitas
y candelas preñadas de silencio.

Yace el verano en hábitos y risas
enebro entre pared y telaraña
soporte de vitral enmohecido
a contraluz de crudos almanaques.

Y yo sin sostenerme en el cansancio
del ágora habitada por espectros
y responso de rosas en mi almohada.

sábado, 1 de enero de 2011

Soñar, Volar, Creer...

Se ocultaron dos pájaros entre las hojas pintadas en intenso azul de mi taza de porcelana. Los pude ver, cuando revolvía el chocolate tibio que todas las tardes mi nana Imelda me servía en la mesa ubicada frente al silloncito de mimbre, regalo de la tía Eugenia del Paraguay. Desde la radio, la voz de Doménico Modugno entonaba “Nel blu, dipinto di blu”…

Esos pájaros no cantan –me dije al contemplarlos, arrobada-. Debe ser para que los mayores no los espanten. De modo que, quietecita y sin hacer ruido, los contemplé arrullándose con ternura, espaciados sus mimos entre frágiles destellos de luz apenas filtrados en el entramado de las pesadas cortinas, protectoras del impiadoso avance del sol de los veranos correntinos.
Una dulce modorra no impidió que me aferrase al pocillo con empeño, cuando Imelda intentó arrebatármelo, creyéndome dormida. Ella sonrió y se alejó hacia la cocina. Ya se había acostumbrado a dejarme yacer en la alfombra tejida con mis ensoñaciones.




Continué meciéndome, con la jícara zarca  vacía de chocolate, aunque cargada con imágenes preciosas que forjaron un delicioso sueño de pájaros transparentes y nubes de cristal, hasta mutar en la más hermosa rosa que alguien hubiese visto, del color del cielo en su hora más radiante.


En tanto, la claridad jugaba a las escondidas con los duendes y ondinas que suelen asomarse por las siestas.


¡No dejemos escapar al niño que nos habita!
El que nos permite volar, soñar, creer...