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Mostrando entradas de enero, 2011

Desvarío

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La puerta

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Calle

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El colmenar despierta y las abejas
esparcen sus alas en vigilia
sobre pálidas flores pisoteadas
dulce amargor
espejo y desmemoria.

Perfiles y siluetas sigilosas
gris sobre gris
inmóvil geometría
absurdas e impecables en sus celdas
con huecos y barrotes
sombras vagas.

Los dedos del asfalto desperezan
lagartijas ruidosas y mecánicas.
El polvo se hace trompo en una esquina
ovillando colillas y papeles.

Los olores se mezclan con los gritos:
¡Diarios! ¡Se lustra! ¡Déme una moneda!
El humo negro brota amargo y denso
de las fauces de lagartos rugientes.

En la calle sudores y pisadas
con vidrieras obscenas tentadoras
un tango en el café de cierta esquina
y un borracho soñando en un portal.

(*) ¡Se lustra! Se refiere a los lustrabotas, casi desaparecidos en Buenos Aires aunque todavía subsisten en el interior del país, iban por calles céntricas con sus cajones conteniendo trapos, betún y cepillos, para dejar impecables botas y calzados a cambio de unas monedas.

Sobre un poema de Rosario Castellanos

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Soñar, Volar, Creer...

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Se ocultaron dos pájaros entre las hojas pintadas en intenso azul de mi taza de porcelana. Los pude ver, cuando revolvía el chocolate tibio que todas las tardes mi nana Imelda me servía en la mesa ubicada frente al silloncito de mimbre, regalo de la tía Eugenia del Paraguay. Desde la radio, la voz de Doménico Modugno entonaba “Nel blu, dipinto di blu”…

Esos pájaros no cantan –me dije al contemplarlos, arrobada-. Debe ser para que los mayores no los espanten. De modo que, quietecita y sin hacer ruido, los contemplé arrullándose con ternura, espaciados sus mimos entre frágiles destellos de luz apenas filtrados en el entramado de las pesadas cortinas, protectoras del impiadoso avance del sol de los veranos correntinos.
Una dulce modorra no impidió que me aferrase al pocillo con empeño, cuando Imelda intentó arrebatármelo, creyéndome dormida. Ella sonrió y se alejó hacia la cocina. Ya se había acostumbrado a dejarme yacer en la alfombra tejida con mis ensoñaciones.




Continué meciéndome,…