viernes, 18 de marzo de 2011

De Internet, encuentros y despedidas...

Internet me ha regalado momentos increíbles al permitirme conocer gente hermosa por dentro y por fuera. Gente noble, generosa, capaz de brindarse sin retaceos en la maravilla de la amistad.

Desde lo virtual,  con varias de estas personas luego fortalecimos el vínculo en forma personal. Llamadas teléfonicas, encuentros café de por medio, asistencia a actos literarios, construyeron paso a paso lo que hoy es un tejido que nos abriga suavemente.

Así sucedió con Fer Giucich, Edgardo Rivera (Holograma blanco)Ali Montero, Myriam (De amores y relaciones), Nerina Thomas, Marina Landau (¡falta poquito para el abrazo!) y Eduardo Cortese. Y no puedo dejar de mencionar en este listado a Mónica, con quien me siento prodigiosamente unida, vaya a saber desde qué vida anterior.


Fue asi, como el sábado 12 de noviembre, festejamos con alborozo el encontrarnos parra certificar, una vez más,  que el camino en compañía es el que nos ayuda a crecer en la aventura de crear.

El acto de presentación del libro TRÍO VIVO, cuyas autoras: Susana Ruggiero, Leny Pereiro y Patricia López, fue una fiesta del arte y la amistad.

La portada del libro, es una bellísima obra de Liliana Lucki

En la foto de abajo, estamos Liliana, Susana y yo, felices por los lindos momentos compartidos.

Aquí, las cinco: de izquierda a derecha: Liliana, Leny, Susana, Patricia y moi.

Situaciones que pertenecen al plano íntimo determinan mi alejamiento de la blogosfera  por aproximadamente un mes y medio. Durante ese lapso les visitaré en la medida de lo posible para que no me olviden (eso me entristecería muchísimo), aunque no subiré nuevas entradas.

Prefiero hacerlo a mi regreso, con mucho y bueno para compartir, seguramente.

Muchos de ustedes, amigos, saben que he nacido en la provincia de Corrientes, Argentina.
Un poeta de mi tierra, don Osvaldo Sosa Cordero (1906-1986)  considerado como una de las máximas expresiones culturales de mis pagos, y uno de los grandes precursores de la música folklórica argentina y en especial de la música litoraleña, escribió este poema que, seguramente, refleja cabalmente mi sentir en este puro sentimiento que se llama AMISTAD.

Este es el poema, ojalá les agrade. Está dedicado especialmente a Susana Ruggiero, ella sabe por qué.


CHAMIGO

¡Hola, chamigo! ¿Qué tal?.
-¡Pero muy lindo, chamigo!..
Es el típico saludo
que usamos los correntinos.
“Chamigo” quiere decir
literalmente “Un amigo”.
Aunque en rigor de verdad
eso se halla enriquecido
por todo cuanto contiene
de fraterno, de afectivo.

El “Chamigo” es algo más
que lo común de un amigo.
Es una mano que estrecha
con impulso repentino,
es la voz que en ocasiones
nos nace como un estímulo
dándole fuerza al elogio
¡Estuviste bien chamigo! 

O la advertencia oportuna
cuando en algún trance crítico
alguien se acerca y nos dice
muy formal: ¡Chaqué chamigo!
O el corazón hecho hueco
cuando brindamos asilo,
diciendo sencillamente:
“¡Esta es tu casa, chamigo!”
O el reproche que nos brota
cuando exclamamos heridos
por el filo de una ofensa
“¡Eso sí que no, chamigo!”
 Hasta en ello, hasta en lo ingrato,
la expresión tiene un sentido
de cuño tan puro y noble
que le dá valor de símbolo…

Un símbolo de amistad
muy propio del correntino
pero así, cordial y hermoso
no crea usted que el “Chamigo”
se lo prodiga a cualquiera, no señor.
Es un rito que se practica tan solo
cuando está reconocido
el real afecto de aquellos
que se consagran amigos.

Por eso, sin prevenciones
confíe en el correntino,
cuando corazón en mano
se le entrega en un:
¡Chamigo…!

Y un plus: el Chango Spaciuk en acordeón  Marcelo Dellamea en guitarra y voz, en este video: 




¡¡¡HASTA LA PRÓXIMA, QUERIDA GENTE!!!

domingo, 13 de marzo de 2011

Continuación de la entrada anterior...(nostálgicos abstenerse)

Especialmente para Pato y Susana...


Leo Dan es considerado uno de los cantautores más importantes de Latino América. Su música ha conquistado el corazón de todos los países de habla hispana.

Leopoldo Dante Tevez, mejor conocido como Leo Dan, nació un 22 de Marzo en Atamisqui, un pueblito en la provincia de Santiago del Estero, Argentina.

Hijo de una familia humilde, Leo se vincula con la música por iniciativa propia. A los 4 años de edad aprende a tocar la armónica y la flauta, sus primeros instrumentos. A los 11 años aprende guitarra, y comienza a componer sus primeras canciones.

A los 18 años forma un grupo de rock "Los demonios del ritmo" junto con amigos de su edad.

A los 20 años Leo Dan viaja a Buenos Aires con el deseo de triunfar y se presenta en CBS (Sony discos en la actualidad), donde inmediatamente firma su primer contrato discográfico. Su primer gran éxito "Celia ", llega a los primeros lugares en los rankings de popularidad a la semana de haber salido al mercado. Le siguen éxitos como "Fanny", "como te extraño mi amor", "Estelita", "Libre solterito y sin nadie", "Santiago querido", "Que tiene la niña", "por un caminito", "solo una vez", y muchos más.
 
Luego residió en España y posteriormente en México, donde siguió acumulando reconocimientos y éxitos.
 
Sus canciones sencillas fueron hits en los años 60´, adorado por multitudes de jóvenes que se enamoraron al ritmo de ellas.
 
Aquí les dejo la versión de "Santiago querido", dedicada a su querida provincia y mencionada por Pato y Susana en los comentarios.
 




Y un poemilla, rememorando aquellos inolvidables años de una lejana juventud.

Cabalgata de sueños
y rojos resplandores
libertad sin cerrojos
flotación en penumbras.

Abiertos los sentidos
respuestas al silencio
con explosión de nubes
catárticos destellos.

Momentos añorados
de osadía encubierta
en frágiles amores
de recortados riesgos.

¡Y el placer decretando
el fin de la inocencia!

jueves, 10 de marzo de 2011

La canción memorable

El sol apretaba, como suele ocurrir en  mañanas de enero en Buenos Aires. Por eso Diana se apresura en hacer sus diligencias, cosa de volver a su apartamento a eso de las 11 de la mañana, a más tardar.

Ese lunes no fue la excepción.  Las manos sosteniendo los costales con suministros acabados de adquirir en el supermercado, se disponía a emprender la vuelta cuando recordó que aún le faltaba retirar sus nuevas gafas de la óptica, distante solo a dos calles de donde se encontraba.

-Prefiero hacerlo hoy y no esta tarde –se dijo- por lo que volvió sobre sus pasos, cruzó la acera y, un tanto agobiada por el calor y el peso de las provisiones, enfiló decidida hacia la oftálmica.

El silbido, cadencioso y reconocible, provocó un tumulto en su corazón. ¿Quién recordaría aquella vieja canción de un baladista argentino de los años 60,  hoy destinado al olvido? No pertenecía a la trova popular, esa que la memoria colectiva o el estallido de la moda recrea a intervalos más o menos regulares. Hacía años que nadie la entonaba. Las nuevas generaciones, seguro, no tenían idea de su existencia y mucho menos la de aquel autor provinciano que tuvo sus días de gloria, junto a ídolos juveniles como Palito o Sandro.
Diana sentía los pasos cercanos del silbador detrás de ella. Y el silbido, incisivo como un dardo apuntando a su corazón maltrecho de tantas carencias amatorias.  Mermas que tuvieron su punto culminante en aquel Julián de su juventud, conjurados ella y él en códigos pasionales  cuya clave era la canción, inolvidable y única.

Pero no podía ser él, vivía en Santiago del Estero. ¡Imposible  que se encontrara en uno de los tantos barrios de Buenos Aires, justamente un lunes a media mañana, cuando ella, transpirando bajo el sol con cuarenta años más en su haber, abundantes canas y múltiples arrugas, intentaba darse vuelta para salir de dudas, sin lograr superar la parálisis que le impedía girar la cabeza!
Tal vez un resto de coquetería que el tiempo no pudo cubrir con su impiadoso manto, la hizo  ingresar a un negocio de lencería, para preguntar por prendas que jamás usaría.

Mientras la vendedora le enseñaba seductores  camisones transparentes escuchó el silbido perderse en la distancia. Casi ahogada, salió precipitadamente del local. La acera se hallaba repentinamente vacía.

Diana, al borde del desmayo y el estallido de llanto, supo que la duda, implacable y artera se instalaría tomando posesión  de las interminables horas de sus noches futuras.

En tanto el sol parecía arder con furia inusitada, aquella mañana de lunes de enero en Buenos Aires.