Alta en el cielo

Así en el alto aurora irradial
punta de flecha el áureo rostro imita,
y forma estela al purpurado cuello.
El ala es paño, el águila es bandera.
Recién ahora siento su falta, cuando mis ojos no los encuentran.
El jazminero y la Santa Rita, irreemplazables sustentos de mis días. El uno, perfumando mis noches luminosas, bajo un cielo lechoso de tanta estrellería. La otra, invadiendo tejados, alfombrado de lila y naranja el viejo patio.
Estaban allí. Eran y son. Bastaba abrir la ventana de mi cuarto para que, sentada frente a ellos, mis dedos empezaran a moverse ágiles e incansables sobre el teclado de la Olivetti Letera 22. Así surgían poemas, relatos, recuerdos. Algunos momentos subyacentes asomaban tímidamente para instalarse en el papel, otros preferían replegarse hacia su encierro. Y quedar ocultos para siempre. De todos modos la pila de páginas escritas a un costado del escritorio siempre iba en aumento.
Porque el jazminero y la Santa Rita sabían convocar al misterio de la poesía. Como a los duendes diminutos o las hadas milagreras. Vitales y generosos, sencillos y radiantes en su exhuberancia, ellos tenían sabiduría para convertir lo cotidiano en sobrenatural.Estaban allí, acaso desde siempre. Eran parte del paisaje, por eso me había acostumbrado a sus presencias.
Recién ahora siento su falta, cuando mis ojos no los encuentran.
Así pasaba con Olga y sus tortas de miel, llegaba siempre en el momento justo para ahuyentar las sombras imprevistas que nos acechan, insaciables.
O Alicia y ese lazo fraterno, inmemorial, atemporal y único que nos enlazó en una amistad sin fisuras. Tardes de café y cigarrillos bajo la Santa Rita, horas en la penumbra bajo cuyas alas nos deshojábamos hasta casi desvanecernos en el aire tibio de febrero.
No están, es cierto. Se apagó aquella hoguera mágica, hecha de maravillas y presagios.
Olga y el jazminero, Alicia y la Santa Rita. Ligadas en un vínculo transparente y extraño.
Ya no están. En cambio, quedaron algunos oficiantes de antiguas ceremonias, allá en la tierra de los lapachos. Ellos todavía siguen dando vueltas en el incendio azul de las palabras, en el círculo de rosas sin espinas. Lejos, pero presentes. Siempre.
Tienen la cualidad de aparecer de una u otra manera. En mi historia reciente y la que todavía me queda por escribir.
El jazminero, la Santa Rita, Olga y Alicia velan mi soledad desde el arcano.
Y los hechiceros, guardianes de la maravilla y el milagro, resguardan mi memoria, bajo al amparo del ave de la vieja canción escolar… “azul un ala del color del cielo…azul un ala del color del mar…”
Porque la memoria alimenta el fuego sagrado, incombustible, hermoso que nos calienta el alma, aún en medio de los más terribles vendavales.
Porque la memoria somos nosotros, los custodios del águila, la que un día regresará a terminar el trabajo que le quedó pendiente.
En tanto, el jazminero y la Santa Rita continuarán floreciendo después de cada invierno. Aunque mis ojos no los distingan, llegarán sus pétalos y fragancia hasta mi corazón. Para endulzar el tiempo de la espera. O simplemente, para que la ilusión no me abandone.
Comentarios
siempre he dicho y lo repito: lo tuyo es la narrativa. Tienes un don!
besos
Verónica Curutchet...
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:)
amor
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te abrazo si
¿Sabes lo bien que hace saber que alguien tiene ese maravilloso impulso de contenernos?
Abrazo con lazo (te creo un vínculo)
Irene
Te admira, Julia del Prado (Perú)
http://Juliesusfotosyescritos.blogspot.com