Lucy en un cielo de diamantes

Imaginate en una barca en un río
con mandarinos y cielos de mermelada.
Alguien te llama, respondes despacio,
una chica con ojos de caleidoscopio.
Flores de celofán amarillo y verde,
amontonándose sobre tu cabeza.
Buscas a la chica con el sol en los ojos
y se ha ido.
John Lennon
John Lennon
Ella sonreía, cantaba, soñaba. Se había fabricado un mundo donde se concentraban colores y melodías que nadie más escuchaba. Un lugar secreto al que acudía, desprendida de aquello que le servía de disfraz cotidiano.
No fue extraño, pues, que Lucy encontrara natural hacer el amor con dos hombres al mismo tiempo. Lo que para muchas era “ese oscuro objeto del deseo”, para ella consistía un juego que la conducía a parajes atractivos, donde podía retozar en libertad, sin retaceos.
Lucy, en un cielo de diamantes, era amada y amaba. La felicidad era un pedacito de luna robada a alguna noche impredecible, y así fue como se multiplicaron los diamantes y el firmamento se volcó en pura luz sobre sus cabezas.
Tomados de las manos, los tres se elevaban hacia un campo, donde las flores de lino se ensortijaban como las azules olas del océano. Y el silencio era turbado apenas por trinos cómplices de pájaros arrullándose en las alturas.
En ese enigmático sitio culminaban sus escarceos, y la núbil presencia giraba en el crujir de celofanes y globos que estallaban de contento, mientras la multitud palidecía.
Lucy, cuando parió el fruto de sus amores, no se preguntó quien era el padre.
Tomando una bocanada de aire, con el niño atado a su cintura, se diluyó entre el polvo de un camino mucho tiempo olvidado, como una vieja cicatriz en la maleza.
Y sus amores, con las manos vacías, permanecieron largo rato mirando el cielo vacío de diamantes que ella portó consigo en su partida, sin dejarles siquiera uno, para testimoniar que su presencia no fue simplemente un sueño, una leyenda o la visión fugaz de una ondina, escapada de un círculo encantado.
Catalina Zentner
Israel, 2007
No fue extraño, pues, que Lucy encontrara natural hacer el amor con dos hombres al mismo tiempo. Lo que para muchas era “ese oscuro objeto del deseo”, para ella consistía un juego que la conducía a parajes atractivos, donde podía retozar en libertad, sin retaceos.
Lucy, en un cielo de diamantes, era amada y amaba. La felicidad era un pedacito de luna robada a alguna noche impredecible, y así fue como se multiplicaron los diamantes y el firmamento se volcó en pura luz sobre sus cabezas.
Tomados de las manos, los tres se elevaban hacia un campo, donde las flores de lino se ensortijaban como las azules olas del océano. Y el silencio era turbado apenas por trinos cómplices de pájaros arrullándose en las alturas.
En ese enigmático sitio culminaban sus escarceos, y la núbil presencia giraba en el crujir de celofanes y globos que estallaban de contento, mientras la multitud palidecía.
Lucy, cuando parió el fruto de sus amores, no se preguntó quien era el padre.
Tomando una bocanada de aire, con el niño atado a su cintura, se diluyó entre el polvo de un camino mucho tiempo olvidado, como una vieja cicatriz en la maleza.
Y sus amores, con las manos vacías, permanecieron largo rato mirando el cielo vacío de diamantes que ella portó consigo en su partida, sin dejarles siquiera uno, para testimoniar que su presencia no fue simplemente un sueño, una leyenda o la visión fugaz de una ondina, escapada de un círculo encantado.
Catalina Zentner
Israel, 2007
Comentarios
Erika
Besos mil!!!!
Abrazos
lola
----------------
amor
:-)
besos
abrazos
Elisabet
Un abrazo Gus.