jueves, 29 de enero de 2009

Recordando a Olga



Y su frente, acaso fue besada en uno de sus sueños fantasiosos por el hada de la bondad.


Supo enseñarnos la maravilla del DAR...Así nomás. Porque estaba en su naturaleza, luminosa y auténtica. Nos dejó en el año 2002, creemos que llamada por Dios para reforzar su cortejo de ángeles, sobrecargados de trabajo en los tiempos que corren.



Éramos un quinteto hasta que pasamos a quedar María Inés, Myrna, Pilar y Catalina, quienes dejamos testimonio de nuestro cariño al cumplirse el primer año desde que nos dejó.

Aquí estamos las cuatro, y también nuestro homenaje.

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A Olga

Catalina Zentner

No es verdad, no te fuiste.
Quedaste en mi memoria
como aquellos sabores y perfumes
que nos marcan etapas imborrables.

Digo que no te fuiste y la tristeza
se me escapa temblando en una lágrima.
Agua en llamas, morada de silencio,
espejo que devuelve tu mirada
celeste como un sueño adolescente.

Estarás mientras canten los zorzales
detrás de la ventana de tu patio,
y se agite en el aire de este otoño
rasgueos de guitarras trasnochadas.

Vivirás en la risa de tus nietos
y en esa placidez de los domingos
y en el viento del norte por las tardes
y en ese nuestro río incomparable.

Serás en el rubor de los lapachos
y el mágico esplendor de los chivatos
en la luna colgada sobre el puente
en un libro de cuentos y en un piano.

Qué bueno es recordarte en esta noche
tan lejos y tan próxima,
tan llena de murmullos y presagios,
cuando el poema perfuma mis rincones
el alma se satura de silencio
y se afloja el cordel de la nostalgia.

¡Gracias por darme alguno de tus duendes!
Los míos hace mucho se extraviaron.


Olga: una vida, una pasión


Myrna Neumann de Rey


Su pasión: la familia y la música. Su amor: Edgar. Su ídolo: Mozart.

Ella supo tejer la trama de un hogar feliz, de una composición para ser ejecutada, de una historia para ser leída y de mil prendas al crochet.


Ella se crió en un pueblito con calles arenosas y casas de amplios corredores. Después conoció la Capital y desarrolló sus dotes, estudió y enseñó. Dejó sus huellas impresas para siempre en la cultura de toda una provincia.


Ella alcanzó a cumplir muchos sueños: Vio crecer y fructificar a sus hijos. Produjo y cristalizó muchos anhelos: páginas pentagramadas con notas que se evadían de ellas y páginas de libros con palabras que contaban historias suyas y nuestras.


Ella supo vivir. Ella pudo concretar un sueño: cruzar el océano y deslizar sus dedos sobre el teclado de Mozart.


Después, la fatalidad invadió su existencia. Luchó por arrancarla de allí. No desfalleció y siguió creando, creando, creando… casi hasta el final.


Cuando la noche estaba perdiendo su color y el día pugnando por imponer el suyo, acompañada solamente por la música de Mozart, ella partió. No sin antes tejer una sutil red de amor que protegiera a su familia en su ausencia.



¿Quién dijo que te fuiste?


María Inés Glize


Pero, ¿quién se atreve a decir que te has ido? Mas, sí, es verdad, no estás aquí.


¿Es que no pueden comprender que emprendiste el mágico vuelo de la alondra y que has logrado llegar hasta el Sol, donde te estarás riendo, llena de picardía, de todas nuestras pequeñas miserias?


Estoy segura, querida amiga, compañera de mil vuelos, que nos reencontraremos, cuando a nosotras, tus alondras, también nos llegue el momento de iniciar el viaje maravilloso, donde intentaremos llegar cantando donde comienza el misterio-.

Y sé que allí nos estarás esperando, tendiéndonos tu mano para ayudarnos a cruzar el umbral del espejo, después nos guiarás por un sendero pintado por un cielo de jacarandá, tachonado por el florido multicolor de los chivatos, entonces recorreremos el camino sin tiempo, buscaremos el sitio encantado bajo un hermoso lapacho, sus flores nos acariciarán y nos vestirán de rosa, y allí, sin pérdida de tiempo, volveremos a hacer un aquelarre de letras, de chanzas y risas, escandalizando a los ángeles que correrán a contarle a Dios de nuestro atrevimiento, Quien con bondadosa sonrisa se encogerá de hombros y dirá "Pero si es Olga con sus amigas, ¡qué le voy a hacer!".



Pensando en Olga


Fragmentos de un texto de Pilar Romano


Debo confesar que a veces le tuve un poco de envidia, envidia sana, por supuesto y hasta se lo dije en alguna ocasión. La envidiaba porque había nacido en Caá Catí . Porque tuvo la magia tan cerca que se impregnó de ella. La magia de la laguna, del monte, de las calles sin pavimento, de las siestas “borrachas de sol”, de las casas de corredor, de la gente simple y singularmente sabia.

Pero ella hubiera sido mágica aunque hubiera nacido en otra parte, en cualquier parte. Porque llegó, se mantuvo y se fue llena de pureza

Nunca la convenció que la llamaran “escritora”, a pesar de que tenía un montón de libros publicados y un montón de premios ganados. “Soy una señora que escribe”, decía, “mi profesión es la música”. Pero era una escritora, una muy buena escritora. Encontraba historias en todos los escenarios: la calle, la escuela, el monte, la familia, el cine, allí donde la vida transcurre, a veces sorpresivamente, a todas horas. Y sabía hacer notable lo apenas visto, descubriéndolo para el lector.

………..
“¿Qué decís, bestseller?” me decía cuando la llamaba por teléfono. Y el aire se llenaba de cascabeles. Este año que transcurrió desde que ella se fue escuchando a Mozart, ni los que vengan, podrán convencerme del todo de que no puede atender mis llamadas. O quizá sea yo quien no puede escucharla diciéndome “bestseller” y ella desde algún bello lugar las atiende, porque le llega el sonido de mi solo deseo de llamar.

He conocido a pocos seres con tanta cantidad de amigos y que tuviera tanta disposición para ver el lado bueno de las personas y las cosas. Pero había alguien a quien ella espantaba, aunque fuera a escobazos: la queja. No le gustaba caminar con la queja, por difícil que se presentara el terreno. Quizá porque sabía conquistar la compañía del esfuerzo, el optimismo y la fe.




Si es cierto que uno se lleva únicamente lo que ha dado, ella debe haber partido con paquetes enormes, ésos que se sostienen únicamente con amor.
Olga Piñeiro era deliciosa, como su torta de miel.