domingo, 30 de marzo de 2008

Sola yo

Sola yo,
definitivamente.

Hay una roca aguardándome
y un eco que me llama.
Hay un bosque embrujado
y una estera donde reposa un sueño.

Hay un ramo de luz que no recuerdo
y un duende disfrazado de espejismo.

Y yo y mi soledad en la mochila
disuelta en remolinos y nostalgias,
el pecho con la espina de la rosa,
una herida que brama hasta el cansancio.

Sola yo, mientras duerme el amor
y los vampiros sacian su sed
en las esquinas del hambre de los solos,
y la furia se desata sobre los abrumados.

Angustia indivisible
en el portal de una mañana
que señala la eternidad
ahora,
cuando la soledad nos empuja al precipicio.



Catalina Zentner

miércoles, 26 de marzo de 2008

Asumo...

Asumo que la tristeza me ha sido concedida como uno de los dones que alguna hada traviesa introdujo en el registro que me fue adjudicado en el momento de nacer.

Ella formó parte de mí desde entonces. Amores y sinsabores tejieron una trama que me envolvió superficialmente, de modo que el frío pudo colarse entre los hilos y clavar en mi piel sus alfileres. Al cabo me acostumbré, y sucesivos pinchazos dejaron de dolerme.

Hoy miro hacia atrás y no me aterran las sombras que oscurecieron mi visión: de tanto andar con ellas firmamos una tregua. O al menos, nos toleramos ante lo inevitable del amarre que nos sujeta más allá de nuestra voluntad.

A veces pienso que ellas, las sombras, están un poco cansadas de acecharme, les gustaría desprenderse y arribar a otro sendero. De nuevo libres para desplegar sus artilugios destinados a encerrar esperanzas en una caja vacía de jabón de lavar o suspiros en un envase descartable de gaseosa.

De alguna manera me siento victoriosa, la rutina las doblegó domesticándolas, y mi tristeza y yo nos mantenemos intactas, fusionadas una gama de grises acerados, muy lejos del azul, aunque a media distancia de lo bruno, esa región infausta donde habitan espectros que se alimentan con zumo de pesares.

Asumo, entonces, que habitan en mi cuerpo dos mujeres, una que agradece las bendiciones concedidas y, sin embargo, se deja conducir por la otra, la que es dueña de la melancolía, hacia la recta final donde cabe tan sólo aquello que podemos cargar en el morral. Ni más ni menos.



Catalina Zentner

miércoles, 19 de marzo de 2008

Profanar el sagrario...

Profanar el sagrario
cuando todo es mudez.



Izarse hasta el fanal
con los bordes hendidos.


Pretender que el oleaje
baile una danza ciega.


Resguardar el crepúsculo
debajo de la almohada.


Sentir la exaltación
si abrevas en mi seno.


Hundirnos en el limo
sin que nada nos salve.


Rotos los calendarios
disueltas las cadenas.


En el último abrazo
presidirá el sosiego mi morada.




Catalina Zentner

sábado, 15 de marzo de 2008

Hoy escribe el silencio

Escribe desde lo más recóndito del alma, desde ese lugar en donde lo negro se aposenta para que nadie vea el filo del cuchillo que marca cada grieta en el sendero de la sangre.

Escribe desde mí y hacia vos, con la bandera rota de los vencidos, estropajo que sucumbió a pesadillas nocturnas y abisales en el silencio apócrifo de los que no saben remontar fracasos y decepciones y se dejan transcurrir a la espera de que Ella, veleidosa y amante, salvadora y procaz, tienda su mano helada y nos rescate.

Hoy escribe el silencio. Afuera alguien silba una melodía, un niño remonta un barrilete, una muchacha acude hasta el amado, un pájaro con un ala quebrada se estrella irremediable en el asfalto.




Catalina Zentner

lunes, 10 de marzo de 2008

Mi nombre es Victoria (Relato)

Mi nombre es Victoria. Una paradoja entre las tantas que marcaron mi vida, de triunfos escasa y abonada, en cambio con diluviales frustraciones que me han convertido en esta mujer agotada y descreída que, al mirarse, al espejo apenas se reconoce.

Como tampoco te he podido reconocer a ti, Marcelo, esta tarde, al tiempo que navegaba en la Web hasta llegar a esa página de sociales de nuestra ciudad natal, la que abandoné hacen algunos años sin que nos despidiéramos.

Por el apellido en la portada, supe que se trataba de un festejo de tu familia. Me costó hallarte en las fotos, mejor dicho, no lograba identificar en ninguno de los presentes a aquel semidios de piel dorada y abrazo de enredadera que acabó con mi cordura hace tanto, tantísimo tiempo.

Te reconocí por tu mujer, a quien los años han sumado aproximadamente 25 kilos (con una mirada amable de mi parte), en una foto en la que ambos estaríais bailando ¿un tango, tal vez? Aunque si mal no recuerdo, tus preferencias se orientaban hacia la música lenta: baladas y boleros, Serrat, Perales, Favio, Sinatra… voces que hacían de cortina musical a tus promesas.

De cara, ella no cambió nada. Envidiable, en verdad. Aunque puestos a pensar, ¿quien podría sentir apetencia por poseer unos bonitos ojos que te congelan con sólo mirarte?, ¿o desear una mandíbula como la que delata tal dureza de carácter?.. esa que te mantuvo subyugado antes, durante y después de mi paso por tu vida.

El tiempo, querido Marcelo, ha hecho estragos en tu imagen de ganador empedernido, Don Juan de pacotilla, mentiroso, adulador, irresistible y magnífico.

Me pregunto si ese viejo decrépito que observé en las fotos conserva dentro de sí algo de aquello que marcó mi rendición en todas las batallas en los distintos flancos donde me ha tocado pelear para sobrevivir a tu abandono.

Y aunque ni yo misma me lo crea, podría decir que no me hace feliz esta revancha inesperada: la de saberte junto a mí, en la línea crucial de la derrota, bajo una balacera de recuerdos.



Catalina Zentner

jueves, 6 de marzo de 2008

Y no será la voz...

Y no será la voz agazapada en en tu memoria

la que ahuyente abismales pesadillas

en el éxtasis feroz de mi codicia

en la sed tormentosa que nos ciega.



Catalina Zentner