sábado, 26 de enero de 2008

Carta a un amigo que fue...

Nunca pensé que alguna vez te escribiría una carta como esta.

Uno se resigna ante los vaivenes del amor, ante los adioses

abruptos, ante el desengaño cuando el abandono irrumpe para

envolvernos en una soledad incombustible.

Pero en nuestra absurda ingenuidad, creemos que la amistad es para

siempre.

Nos aferramos al afán de querer y ser queridos limpiamente. Sin otra

aspiración que la de construir una relación afectiva exenta de

resentimiento. Entendiendo y respetando los silencios

del otro, aquel que me refleja y que soy yo dividida en otro ser.

¿Sabés una cosa? Alguna vez creí en las utopías. En ese “no lugar” que

nos inventamos para apostar que es posible la cristalización de nuestros

sueños. Y fue así como te soñé. Y te ubiqué en mi corazón, junto a los

seres que más amo.

Compartiendo contigo secretos, temores, alegrías, esperanzas.

Alentando las tuyas sin mentirte. Porque hubiese sido fácil hacerlo

y dar respuestas que tus oídos quisieran escuchar. Pero entonces te

hubiese fallado y allí, hubiese sido yo quien quebrara nuestra amistad con

una falsedad.

Me quedo con el recuerdo de aquella utopía en la que creí, porque

fue mágica y me dio mucha luz en momentos tormentosos y oscuros.

Acaricio la utopía de aquello que fue sólo un sueño que preferiste despertarme.

De todos modos te agradezco.

Por lo bueno que hemos tenido juntos y que nada ni nadie podría borrar.

Por haberme dejado creer en la ilusión de un afecto imperecedero.

Por eso me duele menos el hoy.

Por eso me resigno ante el adiós.

domingo, 20 de enero de 2008

Quise contarla a la luna...


Quise contarle a la luna,

de remotas pasiones disueltas en cenizas,

de vacío de ausencias, recuerdos congelados,

remolinos nacientes, pecados y naufragios.


Quise contarle a la luna,

que cabalgo al galope de sueños imposibles,

de amores extraviados en medio de la niebla,

de vírgenes y bosques, de espacios infinitos.

de lo que no se nombra, más allá del espanto.


Quise contarle a la luna

de tormentas y playas, de oscuros precipicios,

de obsesiones que inquietan, ahogan y estremecen,

de los últimos fuegos y mapas de poesía,

de umbrales y magnolias teñidas con mi sangre.


La luna me sonríe, como si comprendiera.

y me abrazo a su luz, aunque no me responda.



Catalina Zentner

jueves, 10 de enero de 2008

Soy anormal


me busco en los hilvanes de la noche

doblando los cantones del delirio

copio y pego grafittis al costado

de un árbol pensativo en esa esquina

donde un farol enciende las esperas


atropello canteros taciturnos

y planto pasionarias

bordo nubes

desayuno un pastel de mariposas

me inscribo en la colecta de esperanzas


soy anormal

no surten las plegarias mi destino

si vislumbro la tierra prometida

valdrá la pena arder sembrando versos.



Catalina Zentner

martes, 8 de enero de 2008

Y fuimos una sombra...



Y fuimos una sombra

negra ausencia

pozo de soledad

fantasmas ciegos

destinados a errar hasta el cansancio

hasta tanto nos duela la memoria.


A veces es preciso dar la vuelta

para encender faroles en esquinas

y jugar a escondernos de los astros.


Intentemos bordar algunos poemas

cubriéndonos los miedos migratorios.

Un arcángel indócil nos aguarda

más allá de los vientos y las piedras.



Catalina Zentner

domingo, 6 de enero de 2008

Alta en el cielo


Así en el alto aurora irradial
punta de flecha el áureo rostro imita,
y forma estela al purpurado cuello.
El ala es paño, el águila es bandera.

H.C. Quesada y L. Illiaca





Estaban allí, acaso desde siempre. Eran parte del paisaje, por eso me había acostumbrado a sus presencias.
Recién ahora siento su falta, cuando mis ojos no los encuentran.




El jazminero y la Santa Rita, irreemplazables sustentos de mis días. El uno, perfumando mis noches luminosas, bajo un cielo lechoso de tanta estrellería. La otra, invadiendo tejados, alfombrado de lila y naranja el viejo patio.

Estaban allí. Eran y son. Bastaba abrir la ventana de mi cuarto para que, sentada frente a ellos, mis dedos empezaran a moverse ágiles e incansables sobre el teclado de la Olivetti Letera 22. Así surgían poemas, relatos, recuerdos. Algunos momentos subyacentes asomaban tímidamente para instalarse en el papel, otros preferían replegarse hacia su encierro. Y quedar ocultos para siempre. De todos modos la pila de páginas escritas a un costado del escritorio siempre iba en aumento.

Porque el jazminero y la Santa Rita sabían convocar al misterio de la poesía. Como a los duendes diminutos o las hadas milagreras. Vitales y generosos, sencillos y radiantes en su exhuberancia, ellos tenían sabiduría para convertir lo cotidiano en sobrenatural.

Estaban allí, acaso desde siempre. Eran parte del paisaje, por eso me había acostumbrado a sus presencias.

Recién ahora siento su falta, cuando mis ojos no los encuentran.


Así pasaba con Olga y sus tortas de miel, llegaba siempre en el momento justo para ahuyentar las sombras imprevistas que nos acechan, insaciables.

O Alicia y ese lazo fraterno, inmemorial, atemporal y único que nos enlazó en una amistad sin fisuras. Tardes de café y cigarrillos bajo la Santa Rita, horas en la penumbra bajo cuyas alas nos deshojábamos hasta casi desvanecernos en el aire tibio de febrero.
No están, es cierto. Se apagó aquella hoguera mágica, hecha de maravillas y presagios.

Olga y el jazminero, Alicia y la Santa Rita. Ligadas en un vínculo transparente y extraño.
Ya no están. En cambio, quedaron algunos oficiantes de antiguas ceremonias, allá en la tierra de los lapachos. Ellos todavía siguen dando vueltas en el incendio azul de las palabras, en el círculo de rosas sin espinas. Lejos, pero presentes. Siempre.

Tienen la cualidad de aparecer de una u otra manera. En mi historia reciente y la que todavía me queda por escribir.

El jazminero, la Santa Rita, Olga y Alicia velan mi soledad desde el arcano.
Y los hechiceros, guardianes de la maravilla y el milagro, resguardan mi memoria, bajo al amparo del ave de la vieja canción escolar… “azul un ala del color del cielo…azul un ala del color del mar…”

Porque la memoria alimenta el fuego sagrado, incombustible, hermoso que nos calienta el alma, aún en medio de los más terribles vendavales.
Porque la memoria somos nosotros, los custodios del águila, la que un día regresará a terminar el trabajo que le quedó pendiente.

En tanto, el jazminero y la Santa Rita continuarán floreciendo después de cada invierno. Aunque mis ojos no los distingan, llegarán sus pétalos y fragancia hasta mi corazón. Para endulzar el tiempo de la espera. O simplemente, para que la ilusión no me abandone.




martes, 1 de enero de 2008

Hubo un tiempo...



Hubo un tiempo en que el inicio de un nuevo año abría rendijas por donde se colaban sueños, esperanzas, intentos de cambios, toma de decisiones, todo ello como resultado del balance interior al cual sometíamos lo vivido, con su carga de frustraciones y momentos felices.

Casi siempre, estos últimos, los menos.

Hoy prefiero no hacerlo. Dejo, simplemente que el día a día desoville la madeja de lo que quisiera, podría, dejaría de lado o tomaría como regalo inesperado y maravilloso que aminore el choque con realidades no deseadas.

Hoy comienza un nuevo año. ¿Distinto, mejor, peor que el que se ha ido?

¿Es que vale la pena seguir en la ilusión de un mundo donde aprendamos a mirarnos en los ojos del otro? ¿Un mundo donde el odio sea desterrado y los honestos ganen la partida?

Mis utopías fueron mutiladas, una a una. Quedan algunos recortes, muy escondidos donde no los alcance el filo del desamor. Acaso alguna vez junte valor para rescatar esos fragmentos y sacarlos a la luz.

Mientras, sigo al rebaño y levanto mi copa para brindar por la continuidad de los ideales y la permanencia de las convicciones. Saborear las doce uvas del desengaño amerita un trago que disfrace la acidez que me han dejado en la boca. Es que este año, la uvas que me tocaron no fueron de las más sabrosas.



Catalina Zentner